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Por Manuel Villaplana. 
Mi primer contacto con el ayuno fue hace ocho años, en Canarias, y me sorprendió grandemente. Se trataba de una familia de comerciantes árabes que, por motivos religiosos, estaban todo el dÃa sin tomar nada. Fue para mi una postura extraña e incomprensible, como imagina lo será para cualquiera de los lectores de este periódico no iniciados en estos temas. El ayuno ha sido mantenido desde la antigüedad por motivos higiénico-religiosos en los paÃses musulmanes. En los católicos y cristianos, en general, ha sido prostituido por las bulas compradas con dinero. Hoy ya no es un elemento corriente en la vida de los occidentales. Sin embargo, el ayuno existe por todas partes en la naturaleza. En el ayuno del animal que pasa hambre a la fuerza y en el del que está enfermo o también en el del que reposa en su sueño invernal. Incluso en las plantas que repliegan su savia en el invierno. El hombre, al perder el contacto profundo con la naturaleza y sus leyes, ha perdido el conocimiento instintivo y práctico que le permitÃa navegar entre la salud y la enfermedad. |
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